Ausencia

«era en un café de la rue Réaumur, llovía y empezábamos a desearnos»

Me enseñaste a disfrutar del momento. A no vivir con temor a los escrúpulos.

No lo aprendí. En tan poco tiempo uno no se acostumbra al frío que hace en la calle. Tú nunca parecías en disonancia con el clima. Te encantaban los días grises tanto como los azules; la lluvia, el calor, el viento helado. Sabías ver algo bueno en todo, sin menospreciar lo diferente. Por qué iba a haber menos poesía en un gol que en una montaña. O qué motivo habría para no valorar la magia que esconde una vela solitaria encendida sin mechero.

Sonriente, tan seguro. Me quedé con las ganas de que en algún momento te quitaras la máscara y mostraras tu fragilidad. Tu interior lleno de laberintos, de cofres cerrados con llaves tiradas al océano; los espejos, las sombras. En ocasiones, sentí que titubeabas y te disponías a invitarme a ese mundo escondido, complicado. Tan parecido al mío. Nunca logré cruzar la línea que me hubiera permitido echar la siesta en tan maravilloso escenario, donde me hubiera sentido más en casa que en cualquier otro lugar. Cualquier otro lugar a excepción de tus hombros.

La idea de un más yo era solo una intuición. Pero la había saboreado tantas veces, desde el principio, que casi llegué a tenerla como verdad. Recuerdo haber creído conocerte suficiente, como si uno pudiese aprehender mediante la mirada o como si una caricia fuera capaz de palpar aquello que está guardado bajo siete cerrojos.

Me gusta fantasear con que esa intuición es cierta. Sin embargo, lo más probable sea que no. Que no hubiera más. Que todo fuera tal y como parecía. Que tu comprensión fuera mezcla de egoísmo y de pereza y de costumbre. Chi lo sa? Buscamos siempre salir de dudas cuando a menudo hay más placer en la duda que en la certeza. Eso también me lo enseñaste tú. Tampoco lo aprendí. Sigo buscando conocer de antemano el final de los libros que leo y de las películas que miro, sigo pretendiendo encontrar escrito en alguna parte el desenlace de todo lo que empiezo. Y no. Las cosas funcionan de una manera distinta en la realidad. Indescifrables. La vida es juego. Durísima, por otra parte —añadirías.

Bien mirado, la partida que jugamos era sencilla. Solo que no me gusta el blanco o negro y quise pintarla de gris. Estaba claro quién iba a ganar. Ambos supimos cuándo iba a terminarse. «We were all thinking we’d never see one another again and we didn’t care». Kerouac poniendo fondo a la carrera.

Si algún día volvemos a encontrarnos en un café de cualquier rue Réaumur, podré contarte que nunca creí en esa rima. Y te explicaré bajito, como en confidencia, por qué adorar y admirar se escriben sin hache. Luego, igual nos queda tiempo para discutir sobre el calor de una burbuja, la última temporada de Mad Men o la presencia del movimiento beat en España.

Porque el tiempo no es tiempo, contigo son palabras.

 

 

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2 comentarios en “Ausencia

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