Apunte callejero

En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana.

Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar… Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda…

Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.

Oliverio Girondo. Veinte poemas para ser leídos en un tranvía, 1922.

Veinte poemas para ser leídos en un tranvía es un poemario a modo de libro de viajes por diferentes lugares de Europa, África y América, que deja entrever el carácter cosmopolita de Girondo, nacido en el sí de una familia de buena posición de Buenos Aires.

“Apunte callejero” no está escrito en verso pese a pertenecer a un libro de poemas. Con el uso de la prosa poética, el texto se nos presenta liberado de los corsés métricos y estructurales establecidos por la tradición y a los que el poeta vanguardista da la espalda. El arte se ha convertido en un juego: el artista experimenta y busca más allá del lenguaje con su creación.

Las Vanguardias se forjan en una sociedad que se abraza al progreso. Así pues, el automóvil, el tranvía, la ciudad, el bullicio propio de esta… son recurrentes en el arte de la época. Al mismo tiempo, todo ello es parte de la vida corriente. «Lo cotidiano, sin embargo, ¿no es una manifestación admirable y modesta de lo absurdo?» dice Girondo. Será ahí, en lo cotidiano, donde busque emociones y realidades nuevas e imprevistas.

Uno de los aspectos determinantes de Veinte poemas para… es el uso constante de la imagen, considerado un principio artístico por la Vanguardia. No se trata de una mera descripción objetiva de la realidad. Va más allá. Se adentra en el espíritu del lector, transmitiéndole no solo un espacio, sino, y sobre todo, una sensación.

No hace falta detenerse en una explicación detallada sobre las metáforas que aparecen a lo largo de “Apunte callejero”. La familia gris, los senos bizcos, el crucificado, la sombra, etc. se expresan por sí solos. Transmiten melancolía.

En estos tres párrafos (¿o estrofas, quizá?) se dice poco y se dice todo. Tenemos un croquis de lo que ocurre un día cualquiera en una ciudad cualquiera.

Una familia perdida en la rutina (el color gris es el color de la tibieza —entre el blanco y el negro—, de la ceniza, del polvo…).

Una jovencita que busca alguien que le quiera.

El ruido de los coches que atenúa la belleza de la naturaleza, del verde de los árboles.

Alguien que se acaba de despertar.

Y un yo que observa, que bebe todas estas cosas de cada día y singulares a la vez. Quiere guardar y quiere librarse de todo aquello. La antítesis entre la comodidad de la ignorancia y la maravilla del saber.

La sombra, tan personal y a la vez tan fatua, tiene la solución. El paseante vive, la sombra se suicida entre las ruedas del tranvía.

 

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