I

Ya hace rato que está despierta cuando suena el despertador. Hoy también ha sido una noche de las malas. No sabría decir si lo ha sido más por las molestias que le causa cualquier postura o por unos nervios que no termina de reconocer. Desea con tanta fuerza una niña, que sospecha que será otro varón. La vida es así: siempre llegan las cosas cambiadas, incomprensibles. Luego el tiempo se encarga de demostrar que era mejor la opción que uno rechazaba. Y aunque lo ha comprobado miles de veces, le sigue costando aceptar los cambios de guion. O simplemente entender que no se puede controlar todo y que está bien que sea así.

Con un amago tímido de valentía, intenta hacerse a la idea de quedarse sin vestiditos, lazos y tardes tranquilas en casa jugando a muñecas. Se lo había imaginado de esta forma. Como si no existieran las niñas terremoto, como si todos los niños tuvieran que ser movidos. De nada habrá servido deshacerse de toda la ropa de su hijo mayor siguiendo el consejo supersticioso de la abuela paterna. Al mismo tiempo, se siente muy afortunada. Recuerda lo mucho que les costó que se quedara embarazada la primera vez. Pensaron que no iban a tener hijos y ahora esperan el segundo. No, definitivamente no tiene ningún motivo para no sentirse dichosa.

Giulietta oye a su marido —hoy trabaja desde casa para poder ir juntos a la cita con el ginecólogo — teclear desde la habitación contigua. Últimamente tiene más trabajo que nunca y ha madrugado mucho. Se siente tentada de ir a darle los buenos días y de paso quedarse un rato acurrucada en su regazo, entre mimos. Sabe que no se quejará aunque luego tenga que restar tiempo de sueño para compensar, y se contiene.

Se levanta somnolienta, procurando no despertar a su hijo. A pesar de que en pocos meses va a cumplir tres años, sigue durmiendo con ellos. La casa es pequeña porque la escogieron como algo temporal. Ha pasado ya un lustro. El propósito es comprar otra pero cada vez que encuentran una que parece ajustarse a sus necesidades, ocurre algo (normalmente otra pareja poniendo una oferta mejor) que frena el proceso.

Quiere aprovechar los únicos minutos libres de la jornada para ducharse tranquila y desayunar sin prisa. Mira a Ben con cariño. Cómo se puede querer tanto a alguien. Con la de veces que le saca de quicio con sus rabietas, con sus pequeñas ingratitudes. Y el haber perdido todo su tiempo a costa de andar detrás de él, diciéndole «no hagas esto», «no hagas lo otro». Lo adora. A un nivel que jamás se había imaginado que se podía adorar.

En el baño, frente al espejo, contempla su cuerpo desnudo. Le viene a la cabeza la voz de su padre alabando la belleza de la maternidad y se llena de vergüenza. Había sido delgada, mezcla de genética y del fruto de hacer mucho deporte. Con el primer embarazo, el cuerpo cambió hasta engordar veinticinco kilos. Después de dar a luz había conseguido, a base de dietas y de horas en el gimnasio, reducir considerablemente su peso. Ahora, a las doce semanas del segundo, vuelve a verse gorda por todas partes.

Lo achaca a la maternidad. Sin embargo, en el fondo sabe que no es verdad. La culpa la tienen las chocolatinas a cada hora, el haber parado de hacer ejercicio de golpe y el comer con ansia todo lo que le apetece. Qué más dará el peso, se dice. Todo es muy diferente al futuro que diseñaba con sus hermanas cuando apagaban la luz una vez acostadas y se ponían a hablar en un clima de intimidad que no lograban en otro contexto distinto. Ni su marido, ni la ciudad en la que viven, ni su carrera profesional se asemejan siquiera un poco a los que soñaba entonces. Pero es feliz. Muy feliz.

Mientras se seca, piensa en desayunar el trozo de pastel que sobró anoche. Todavía no ha terminado de vestirse cuando un «mamaaaá» acompañado de llanto la sobresalta.

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