Tarde de verano

Es agosto. Aquí el verano se concentra entre las once y las cinco, con suerte. Es lo que tiene veranear en la montaña. Duermes con manta, comes en traje de baño y terminas el día enfundado en un anorak.

Hoy al mediodía empezaron a asomar unos nubarrones al tiempo que refrescaba. Cambio de planes. No pasa nada, me gustan las tormentas. Antes me daban algo de miedo, pero ya no. El cielo se carga y explosiona. Como cuando me guardo un enfado y, después, sin venir a cuento, salto y suelto todo, gritando.

El hogar está encendido. Podría pasar horas contemplando cómo se consumen los troncos. Cuánto poder en un solo elemento. Alumbra, quema, da calor. Ojalá ser un poco más así. Fuego. Hasta la palabra suena poderosa. Me llaman para echar una partida de cartas. Sacan merienda. Afuera siguen los truenos, los relámpagos, las gotas enfurecidas. No se ve ni un alma bajo tal escenario. Aquí, dentro, el clima no puede ser mejor. Imposible no respirar paz.

Cae la tarde. Por qué no ver una película. Se decide por votación cuál. Qué más da. Tumbarse en el sofá con una mantita. Relajarse. Hacemos palomitas. Sigue lloviendo. Pienso en el paseo que daremos cuando pare. Tierra mojada. Me encanta ese olor. Y el viento cuando sacude el agua de los árboles. Los caracoles son infancia. Salíamos a recoger caracoles con los abuelos. El abuelo siempre ponía barro si te picaba una ortiga. Funcionaba.

Me he perdido la comedia romántica a cambio de una siesta inesperada. No es mal canje, creo. Me desperezo un poco y contemplo la escena con una sonrisa. No ha parado de llover; el paseo será mañana. Nos dispersamos. Se van a su casa unos, subimos al piso de arriba los demás.

Ya en la habitación, me pongo el pijama y una sudadera. Cojo un libro para leer y me siento en la repisa de la ventana. Me apoyo en el cristal frío. Dibujo en el vaho. La lluvia y la melancolía parecen ir siempre cogidas de la mano. No me siento infeliz, pero me he acordado de repente de esa noche de invierno. También llovía, aunque no hubo tormenta. Era una lluvia fina y, sin embargo, caminábamos cogidos a un paraguas.

Me acuesto. El sonido de la lluvia, ya más calmada, resulta agradable. Qué calentito se está aquí. Doy un par de vueltas. Me asaltan un montón de pensamientos que rechazo, ahora no es momento para agobios. Cierro los ojos, el tintineo de las gotas me mece. Y me duermo.

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6 comentarios en “Tarde de verano

  1. Se puede añadir una alusión al efecto un poco hipnótico del fuego en el hogar, de las primeres llamaradas a las brasas, y el perfume a leña quemada (ahumado suave, tan grato) ) que impregna la casa por más que se ventile.

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    1. En realidad, no hace falta añadido alguno: todo está implícito en la brevedad, como se aprecia al releer el texto. Y el añadido suena a tentativa de lista exhaustiva, agotadora por definición.

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